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 Comunicado a la opinión
pública - Agosto 9 de
2.006 | | |
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El posconflicto paramilitar /
Luis Pérez Gutiérrez |
La guerra es una masacre entre gente que no se conoce, para provecho de gente que sí se conoce pero no se masacra. Nadie que sea decente gana en una guerra; por eso, cualquier precio que se pague para acabar la guerra es poco para la desolación y la hipócrita expansión de la violencia que produce.
La desmovilización masiva de alzados en armas es un motivo de alegría social, pero no es el fin de la guerra; por el contrario, es el inicio de un trabajo intenso y generoso que toda la nación debe apoyar con perseverancia.
Si la reinserción es exitosa puede ser el fin de la guerra; pero si es un fracaso, es el principio de una neoviolencia desordenada, sanguinaria y de difícil control.
En los países donde se han realizado acuerdos de paz con desmovilizados, quedó la enseñanza que el posconflicto exige tanto esfuerzo como sostener la guerra. Donde no hubo un plan de reeducación apropiado, ni un control uno a uno de los actores, ni una actividad laboral para los desarmados, se multiplicaron brutalmente las bandas y los delitos. Los países centroamericanos son un ejemplo de ello.
Según datos oficiales, entre paramilitares y guerrilleros, se han desmovilizado cerca de 20.000 combatientes, cifra esperanzadora, pero al mismo tiempo comprometedora, porque exige una tarea inmensa para enrutar a esos excombatientes hacia horizontes optimistas de la legalidad.
El posconflicto exige que al desmovilizado se le trate con generosidad; se le abran oportunidades de tener una vida digna, él y su familia; y mediante la reeducación y el empleo, introducirlo a la cultura de la legalidad como actitud de vida.
Se hace mucho alborozo con tan alto número de desmovilizados, pero igual alborozo y entusiasmo hay que darle al posconflicto. No se conoce una propuesta aleccionadora de parte del gobierno para manejar el posconflicto, y ya se observan consecuencias negativas en el proceso de desmovilización.
Jefes de las AUC aseguran que hay más de 10.000 paramilitares desmovilizados vagando por todo el país, sin rumbo, sin control, sin orientación, y con el riesgo que se constituyan en bandas tenebrosas, sino se les atiende adecuadamente. Y han anunciado que si el posconflicto es caótico, existe la posibilidad de que se formen grupos subversivos antiestatales, financiados por la droga y asociados con la guerrilla y la delincuencia. Y tienen razón.
Fuera de los 20.000 desmovilizados, se anuncian 11.000 más de las autodefensas, más los que provengan de la guerrilla. Es necesario que el Estado haga cuentas y diga a cuántos desmovilizados es capaz de reeducar y darle actividades laborales. De lo contrario, para qué desmovilizar más gente; sería convertir un grupo armado homogéneo en pequeñas bandas
desorientadas imponiendo un caos social incontrolable.
Ya hay síntomas preocupantes de violencias anunciadas. Los secuestros y actos ilegales han aumentado y hasta el Presidente ha ofrecido recompensa para que desmovilizados denuncien a desmovilizados. Los políticos, uribistas y antiuribistas, se quejan por igual que no hay garantías para su actividad electoral por intromisión de actores armados pero en teoría
desarmados.
La reinserción no puede continuar la violencia con el disfraz de la paz.
La paciencia es la ciencia de la paz, y por eso, hay que estirar la tolerancia hasta conducir a los desmovilizados a escenarios donde tengan una vida digna, o sino, no tiene sentido desmovilizarlos.
Para la desmovilización hay un Comisionado, y en ocasiones se le ve agotado por los complejos problemas propios de su misión. La estrategia de posconflicto necesita otro comisionado presidencial, imaginativo, tolerante, educador y político, capaz de liderar reeducación y empleo para todos los reinsertados.
Se necesita una estructura gubernamental ágil, que posea un censo de los desmovilizados; que haga seguimiento sobre cada reinsertado, que sepa donde se encuentran; que haga seguimiento y control; y que conozca a sus familias.
Una estructura que ofrezca oportunidades laborales y no becas; que busque un padrino a cada desmovilizado que sirva de orientador del nuevo ciudadano que se pretende formar.
El posconflicto vale dinero pero menos que la guerra; cualquier suma de dinero es poca para apoyar un ser humano que quiere volver a la legalidad.
Algunas personas incapaces de perdonar se quejan porque a los reinsertados se les brinda una oportunidad laboral sabiendo que hay tanto desempleado en el país. Es una actitud antihumana pues hay que dar la bienvenida a quien regresa a la patria a construir sociedad; y además, mientras persista la guerra persistirá el desempleo, y serían muchos más los que podrían
perder el empleo.
La violencia abona la pobreza y enflaquece la libertad, por eso, es más barato comprar la guerra que perpetuar el sufrimiento de toda una nación.
Continuar con la eternidad de esta guerra, es ofrecer a la gente paz para nunca.
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