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 Comunicado a la opinión
pública - Agosto 9 de
2.006 | | |
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Qué
llevó a Vicente Castaño a mandar matar a su
hermano Carlos / Semana - Agosto 28 de 2.006
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La
maldición de Caín
Carlos Castaño se
sentía seguro en Rancho al Hombro. A principios
de 2004 se había refugiado en este granero hecho
de madera y lata al que sólo se podía llegar por
una carretera polvorienta enclavada en las
montañas que unen Córdoba con Urabá. Pasaba
horas enteras frente al computador enviando
mensajes por Internet a los pocos amigos que le
quedaban. Estaba más solo que nunca, y atrapado
en una encrucijada existencial. Quería dejar la
guerra. Replegarse a la vida familiar que
empezaba a construir con su esposa Kenya Gómez,
y su pequeña hija Rosa, que nació con una
enfermedad incurable. Como si fuera poco, había
perdido todas las batallas dentro de las
autodefensas. Sabía que algunos de sus
compañeros de armas querían matarlo. Por eso se
resguardó en este lugar, que apenas conocían su
esposa y algunos de sus hombres de confianza. Un
sitio seguro porque limitaba entre sus tierras,
y las de su hermano Vicente Castaño, conocido
como 'El Profe'.
No imaginaba que su
suerte ya estaba echada. En los primeros días de
marzo habían empezado a concentrarse los mejores
combatientes de las autodefensas de Córdoba y
Urabá en la finca El Quince, propiedad de
Vicente Castaño. Durante todo el mes estuvieron
en entrenamientos. Recibieron armas y uniformes
nuevos. A principios de abril de 2004 empezaron
a escoltar a 'El Profe' entre su finca y hasta
Santa Fe Ralito, donde se sentaba junto a los
demás jefes paramilitares en la mesa de
negociación. A pesar de que todo parecía en
calma, para los escoltas era claro que algo se
fraguaba. Una operación importante y secreta
para la que habían resultado elegidos.
El 16 de abril era el día señalado. Esa
mañana, Jesús Ignacio Roldán, alias 'Monoleche',
llegó hasta la finca La Quince, seguido por una
caravana de seis camionetas todo terreno. Todos
sabían que 'Monoleche', un corpulento hombre de
37 años, paisano de los Castaño, era el jefe de
seguridad de 'El Profe', su hombre de confianza,
que estaba en las autodefensas hacía más de 15
años, y que había logrado amasar una
considerable fortuna.
‘Monoleche’ que
dirigió la matanza en Rancho al Hombro(derecha),
se entregó el viernes. Vicente Castaño continúa
prófugo Para julio de 2003, cuando apenas estaba
comenzando el proceso en Santa Fe Ralito, los
narcos ya se habían camuflado como
paramilitares. Juan Carlos ‘El Tuso’ Sierra,
‘Don Berna’, ‘Macaco’, Cuco Vanoy y Víctor Mejía
‘El mellizo’ adquirieron estatus de comandantes
de las autodefensas. El gran artífice de esta
operación fue Vicente Castaño Tras su matrimonio
con Kenya Gómez y el nacimiento de su hija Rosa
María, el jefe paramilitar quería abandonar la
guerra y hacer una rápida negociación con la
justicia de Estados Unidos que le permitiera
vivir en paz con su familia PUBLICIDAD De La
Quince salieron en los carros unos 30 hombres,
armados hasta los dientes y con rumbo
desconocido. Recorrieron a toda velocidad una
carretera estrecha, llena de altibajos. Al
mediodía, cuando el sol canicular les estaba
quemando las espaldas, pararon en una tienda
para almorzar. 'Monoleche' les advirtió a todos
que estuvieran atentos porque en cualquier
momento podrían tener un combate. "El objetivo
está cerca", advirtió. Retomaron luego el camino
y hacia las 2 de la tarde, salieron a otra
carretera. A la izquierda de ésta estaba Rancho
al Hombro. Carlos Castaño se encontraba en ese
momento en la cocina sin saber que en esos
instantes estaban rodeando la casa. De un
momento a otro, empezó la balacera. Antes de que
los escoltas de Carlos Castaño pudieran
reaccionar, los hombres de 'Monoleche', armados
con AK 47, rodearon el lugar y dispararon a
matar a quienes estaban allí.
Un grupo
de cinco paramilitares fornidos, de rasgos
sabaneros, se ensañaron contra los hombres de
Castaño. Hasta que los doblegaron. Cuatro de
ellos muertos, tres heridos. Castaño estaba
dentro del rancho, atrincherado, cuando escuchó
a 'Noventa', un paramilitar que actuaba como
mando medio en Urabá, que le gritaba: "Carlos,
entréguese ya que toda su escolta se rindió".
Después de un corto silencio, 'Noventa' pidió
voluntarios para entrar a la casa y sacar a
Castaño a la fuerza. Ninguno tuvo el coraje de
alzar la mano. Entonces 'Noventa' señaló a
'Culión' y a 'Cenizo'. Los dos entraron,
apuntando con sus fusiles hacia el refrigerador
donde estaba atrincherado Carlos Castaño. El
otrora máximo jefe paramilitar, el símbolo de
muerte y terror, se había quedado sin balas.
Entregó su arma. Agarrado por los brazos por
quienes hasta hace poco eran sus propios
soldados, caminó unos cuantos metros hasta
encontrarse cara a cara con 'Monoleche'. El
mensaje era inequívoco. Sabía que este hombre
rubio y de marcado acento paisa le servía de
fiel escudero a Vicente Castaño. Aun así, quería
escucharlo de sus labios. "¿Quién ordenó esto?",
preguntó. La respuesta resultó peor que las
balas. Sin piedad, 'Monoleche' respondió: 'El
Profe'. Antes de que Carlos pudiera maldecir o
compadecer a su propio hermano, el emisario de
la muerte descargó 12 tiros de pistola 9
milímetros sobre él.
'Monoleche' tomó el
radio y dio el parte de que la misión estaba
cumplida. Después saqueó las pertenencias del
fusilado. Se llevó el computador portátil y un
saco lleno de dinero. Tiraron el cuerpo de
Castaño, con sus jeans y su camisa blanca
bañadas en sangre, en la parte de atrás de una
de las camionetas y lo taparon con hojas de
plátano. Les dieron el tiro de gracia a los
demás heridos y sobrevivientes y enterraron sus
cuerpos allí mismo. Excepto los de dos de ellos:
'La Vaca' y 'El Tigre', que lograron escapar. El
cuerpo de Castaño fue conducido hasta la finca
El Quince, donde Vicente Castaño esperaba la
prueba de sangre. Algo debió removerse en su
conciencia porque a pesar de tenerlo allí, no
quiso ver el cuerpo destrozado de su hermano.
Simplemente ordenó que lo enterraran en un lugar
hasta ahora desconocido.
Una semana
después, a la cúpula de las autodefensas llegó
el rumor de que 'La Vaca' y 'El Tigre' les
habían contado todo a las autoridades y que la
Fiscalía venía en camino para buscar los
cuerpos. Entonces algunos de los hombres que
habían participado en el crimen fueron enviados
a desenterrar los cadáveres -excepto el de
Castaño- y llevarlos hasta la finca El Barro,
propiedad de 'Monoleche'. Para evitar que algún
día fueran identificados, los picaron y después
los incineraron. Finalmente, los dejaron en una
fosa común. Cuando la misión estuvo totalmente
cumplida, todos los pistoleros recibieron una
recompensa de 20 millones de pesos enviada por
'El Profe' por la tarea cumplida. La muerte de
Castaño despejaba el camino para que
narcotráfico y paramilitares quedaran unidos
como un solo cuerpo en las negociaciones que se
llevaban a cabo en Santa Fe Ralito.
¿Por
qué lo mataron?
Dos semanas antes de que
mataran a Carlos Castaño, su nombre había dejado
de figurar en la lista de los voceros y
negociadores de las Autodefensas Unidas de
Colombia. Había pasado del paroxismo mediático
donde, como jefe máximo de las AUC daba
entrevistas en televisión en horario triple A
para erigirse como una especie de Robin Hood
criollo, al ostracismo militar en el interior de
la organización paramilitar donde los tentáculos
del narcotráfico se estaban moviendo con
rapidez.
En su momento, el también
asesinado disidente de las AUC Rodrigo Franco,
'Doblecero', dijo que "esa había sido la
condición que habían puesto algunos de los jefes
paramilitares para conformar una mesa única con
el gobierno". Carlos Castaño se oponía a que en
la mesa estuvieran hombres sin trayectoria como
autodefensa y cuyo único propósito era el
narcotráfico. En su momento, 'Doblecero'
mencionó a 'Macaco', 'Don Berna' y 'Los
Mellizos' como parte del abanico de narcos que
se camufló para entrar en la negociación y
limpiar su pasado. Sin embargo, lo que más
preocupaba a muchos de los jefes de las AUC era
que Castaño estaba tercamente empeñado en
negociar con el gobierno de Estados Unidos el
desmonte del narcotráfico, para evitar su
extradición.
El destino de los grupos de
autodefensa y el narcotráfico se tejió desde muy
temprano. Junto a 'Don Berna', Fidel y Carlos
Castaño hicieron parte de 'Los Pepes',
organización criminal que contribuyó a darle el
golpe final a su archienemigo Pablo Escobar. Los
frentes de las autodefensas de Córdoba y Urabá
desde siempre fueron financiados no sólo por
ganaderos y empresarios, sino por
narcotraficantes. En 1994, cuando desapareció
Fidel, sería otro de la misma saga quien
asumiría junto a Carlos el liderazgo de los
paramilitares: Vicente. El sexto de los 12
hermanos, de 49 años, se había dedicado desde su
juventud a los negocios, no siempre legales.
Hace más de una década su nombre saltó a la luz
pública, cuando un abogado cercano a los
paramilitares lo acusó de haber matado a sus
familiares para robarles la tierra en Casanare.
Su mentalidad pragmática y calculadora lo
convirtió en el cerebro de la expansión de los
paramilitares, especialmente en el oriente y el
sur del país. Como lo relata el propio Carlos en
el libro Mi Confesión, gran parte de ese
crecimiento se hizo en alianza con los
'financiadores', que no eran más que poderosos
narcotraficantes. Los organismos de inteligencia
tienen indicios de que Vicente Castaño vendió la
franquicia de las AUC a varios capos de la
droga, como 'los mellizos' Mejía en Arauca,
'Gordolindo' en el Pacífico y Miguel Arroyave en
Meta y Casanare.
Cuando las autodefensas
hacían presencia en casi todo el territorio
nacional, Carlos Castaño intentó crear una sola
organización, y erigirse como su mando único.
Desde el primer momento emergió el conflicto que
lo llevaría a la muerte. A algunos jefes de
autodefensas los movía un sentimiento
contrainsurgente. Pero otros eran sencillamente
narcos que necesitan ejércitos al servicio de
sus negocios ilícitos. Castaño comprendió muy
tarde que estos últimos, con su gran poder
económico, terminarían por apoderarse de todo.
En 1999 Carlos Castaño renunció por
primera vez a la jefatura de las autodefensas.
Había hecho esfuerzos infructuosos para que los
narcos, liderados por él, hicieran un pacto con
la DEA. Como no lo logró, amenazó con marginarse
de las AUC, pero no lo hizo. Fue sólo en 2002
cuando realmente se hizo a un lado. Para
entonces, Castaño estaba haciendo contactos
secretos con agentes de Estados Unidos y también
había hecho pública una carta donde se ofrecía
como intermediario para una negociación con los
narcos más importantes del país. Convocó en
Cartago (Valle), una cumbre a la que asistieron
más de 100 capos de la droga. Su intención era
explorar la posibilidad de un sometimiento a la
justicia. Apenas la mitad de ellos siguieron a
Castaño y firmaron una carta dirigida al
Departamento de Estado donde manifestaban su
voluntad de buscar caminos para resolver
definitivamente el tema del narcotráfico. Ni
'Cuco Vanoy', ni 'Macaco' ni los 'Mellizos'
firmaron la misiva. Según se supo después, Diego
Montoya, 'Don Diego', cabeza del cartel del
norte del Valle, tampoco la firmó porque sintió
desconfianza de que hombres tan cercanos a
Castaño se rehusaran a hacerlo.
En esa
ocasión, igual que ahora, los abogados de los
narcos sólo encontraron una fórmula jurídica
para eludir la extradición: convertirlos en
delincuentes políticos. En otras palabras,
ponerles el camuflado y la insignia de las AUC.
Meses después, Castaño admitió que se marginó de
ese grupo porque "lo que querían era comprar
impunidad".
Poco después, las
contradicciones entre los paramilitares se
volvieron insostenibles. La gota que rebosó la
copa fue el secuestro del empresario venezolano
Richard Boulton por un grupo de autodefensas en
los Llanos Orientales. Este episodio desató la
ira de Castaño, y en su momento también de
Mancuso, que en agosto de 2002 declararon la
defunción de las AUC. "Nos encontramos con una
serie de grupos atomizados y altamente
penetrados por el narcotráfico que, en muchos
casos, pasaron de la confederación a la anarquía
o perdieron sus principios",
escribieron.
Al mismo tiempo se estaba
librando una batalla campal entre dos frentes de
las AUC en Antioquia. El Bloque Metro, comandado
por 'Doblecero', un hombre leal a Castaño y que
se opuso hasta el momento de su muerte al
narcotráfico, y el Bloque Cacique Nutibara,
comandado por 'Don Berna'. Este último era
considerado entonces un narco tan poderoso, y
quizá más, que Pablo Escobar. Luego de una
batalla campal que dejó más de 300 muertos en
decenas de combates en el oriente antioqueño y
Medellín, 'Don Berna', como era de esperarse,
ganó esa guerra. 'Doblecero', un ex oficial del
Ejército de 37 años, de clase media de Medellín,
con formación política y quien encarnaba al
auténtico paramilitar, había sido derrotado. El
narcotráfico se estaba tomando la cúpula de las
autodefensas por todos los flancos.
Castaño pareció quemar las naves de las
AUC cuando denunció públicamente al Bloque
Central Bolívar -'Ernesto Báez', 'Macaco',
'Julián Bolívar' y 'Rafa' del Putumayo-, como
narcotraficantes sin escrúpulos.
Paradójicamente, cuando un periodista le
preguntó por qué no incluía a su hermano Vicente
en la lista de narcos, Castaño respondió: "Él no
tiene que ver con el narcotráfico. Y agregó: Yo
puedo renunciar a todo menos a un
hermano".
Castaño, ya de por sí débil
dentro de su organización, sufrió el golpe más
duro de su vida. En septiembre de ese mismo año,
cuando ya soplaban vientos de negociación con
Álvaro Uribe, Estados Unidos lo solicitó
formalmente en extradición. El pedido se realizó
un día antes de que el recién electo Presidente
llegara a Washington en su primera visita
oficial. Un gesto que no pasó inadvertido para
nadie.
La amargura de Castaño no podía
ser mayor. Durante tres años había tenido todo
tipo de acercamientos con la DEA y el
Departamento de Justicia. Incluso tres agentes
de la agencia antidrogas gringa estuvieron en
Córdoba, reunidos con el jefe paramilitar, en
agosto de ese mismo año. Al parecer, Castaño
tenía tomada la decisión de entregarse. Estaba
dispuesto a hacer un acuerdo para entregar
información a cambio de beneficios jurídicos y
de protección para su familia. La Corte Penal
Internacional atormentaba a Castaño tanto como
la inclusión de las AUC en la lista de grupos
terroristas por parte de Estados Unidos. Si
lograba una negociación con Washington, podría
resguardarse allí para no ser juzgado como un
criminal de guerra. Pero los hombres de la DEA
le advirtieron en esa ocasión que sólo lograría
un acuerdo después de entregarse, y que no
podrían evitar que se expidiera la orden de
extradición.
Castaño había liderado los
acercamientos con Estados Unidos. Por eso cuando
la solicitud de extradición se hizo pública,
quedó inexorablemente debilitado. "Perdí mi
autoridad moral y mi credibilidad", dijo
entonces. Aun así, las comunicaciones con
Estados Unidos se hicieron más intensas. En
junio de 2003 el Departamento de Estado confirmó
que tenía contactos con un 'asesor civil' de las
autodefensas. Al mes siguiente, se firmó el
acuerdo de Santa Fe Ralito que dio inicio formal
al proceso de paz.
Durante los primeros
meses en Ralito, las tensiones internas en las
autodefensas eran evidentes. Castaño dejó su
acostumbrada locuacidad mediática, y otros jefes
como Mancuso, 'Don Berna' y 'Jorge 40' saltaron
a la palestra pública. En la primera semana de
abril de 2004, se conformó la mesa unificada de
las AUC, que incluía al Bloque Central Bolívar.
Carlos Castaño no aparecía como parte del equipo
negociador. Había sido relevado de la dirección
de las autodefensas. Los capos le habían ganado
el pulso.
Había perdido la fe en el
proceso que se iniciaba en Ralito y se afianzó
en la idea que tenía febrilmente metida en la
cabeza: negociar con el gobierno de Estados
Unidos. Por eso, ese 16 de abril de 2004, antes
de recibir los disparos que le quitaron la vida,
Castaño le preguntó a 'Monoleche' por qué se
atrevería a matar a un jefe de las autodefensas.
"Porque usted es un torcido que está con la
DEA", respondió el verdugo.
Punto de
quiebre
Sobre el cadáver del jefe
paramilitar, la estrategia de los narcos se pudo
consumar. Capos de la droga de todas las
regiones tuvieron cabida en la mesa de
negociación de Ralito. Muchos se colaron desde
el principio como jefes de autodefensa
-'Gordolindo', los 'Mellizos' Mejía por
ejemplo-. Otros como 'Rogelio' y 'Daniel', de la
temida 'oficina de Envigado' -donde se gestan
las peores vendettas de la mafia de Medellín- se
hicieron en el camino como supuestos jefes del
Bloque Héroes de Granada. Y el caso más
increíble ocurrió apenas la semana pasada,
cuando el gobierno aceptó a Juan Carlos 'El
Tuso' Sierra como jefe paramilitar. Sierra es un
traficante de droga y de armas, solicitado en
extradición, a quien el gobierno, en un
principio, le negó el reconocimiento como
miembro de la mesa de Ralito por considerarlo un
narcotraficante puro.
El asesinato de
Castaño fue el punto de quiebre de la toma del
paramilitarismo por parte del narcotráfico.
Carlos Castaño se quedó corto en sus temores
sobre lo que significaba que los narcos se
adueñaran del aparato militar de los paras. En
lo económico, el negocio de la droga pasó de ser
protegido por pistoleros a sueldo en las
ciudades a poderosos ejércitos que supervisan la
salida de la droga en retaguardias inhóspitas.
En lo político, temidos delincuentes adquirieron
un estatus que les permite desmovilizarse y
limpiar su prontuario criminal. En lo jurídico,
importantes capos de la droga le hacen el quite
a la extradición. Aunque en este tema, Estados
Unidos y la justicia penal internacional tienen
la ultima palabra y es por esta razón que el
proceso no está blindado. La dilación en la
aplicación de la Ley de Justicia y Paz y la
incapacidad del gobierno para sacar un decreto
reglamentario muestran los dilemas a los que se
enfrenta un proceso que empezó teniendo sentados
en la mesa a grupos de autodefensa, y terminó
como una negociación con capos del narcotráfico.
Y en lo militar, a las autoridades les
quedará mucho más difícil perseguir a los
cabecillas de la droga y sus brazos criminales,
ya que sus centros de operaciones están más en
las montañas que en las ciudades donde el Estado
es más fuerte.
Carlos Castaño fue un
criminal despiadado, que bañó de sangre el país
y que financió con coca sus ejércitos, como
todos los demás. Para muchos, su muerte es
apenas una demostración de que quien a hierro
mata, a hierro muere. Sin embargo, este crimen
es una impresionante parábola sobre el daño que
el narcotráfico le puede hacer a una sociedad.
Todas las guerras son crueles. Pero cuando
detrás de los fusiles humeantes del conflicto
está el poder corruptor del dinero, las cosas
son aun peores. El asesinato de Carlos Castaño
es el reflejo de la inmoralidad y la sevicia a
las que puede llegar una guerra cuando ha sido
tomada por el narcotráfico.
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